
El domingo rodamos un ejercicio de clase en Coney Island. Dije que sí porque el director es mi amigo, pero, sobre todo, porque así tenía una excusa para salir del entorno de la calle 112. El sábado llovió todo el día. Lo vi desde las ventanas de la biblioteca, mientras escribía y estrenaba mi ordenador. El domingo el cielo estaba limpio y azul. Nos pasamos todo el día en la playa, al sol.
Coney Island está al sur de Brooklyn y tiene un parque de atracciones que empezaron a construir a finales del s. XIX. Me sorprendió mucho un puesto que había. Se llamaba "Shoot the Freak". Estaba cerrado, pero en verano contratan a un señor feo al que la gente le dispara con pelotas de paintball. Lo que quiero decir es que es bastante decadente, pero muy auténtico. Y como todo lo que es auténtico, lo van a desmontar para construir edificios mirando al mar. He leído que durante años ha habido gente intentando salvar Coney Island, pero han ganado los malos otra vez.
La película que hicimos el domingo va de una mujer que no consigue olvidar a su marido, que ha muerto. Está en la playa con una urna con las cenizas, pero es incapaz de tirarlas. Él vuelve a buscarla, porque quiere que ella le olvide y sea libre otra vez. Y ella termina aceptando. Era muy simple, porque, al fin y al cabo, era sólo un ejercicio de clase. Hoy la hemos visto y me ha emocionado. Qué difícil es dejar que alguien se vaya, qué difícil olvidar, qué tarde se cierran las heridas...
(el dibujo arriba es de Tim Zeltner)